Celeritas

Una de esas brisas nocturnas que acarician la piel de las mejillas le produjo tal estremecimiento que, por momentos, trasladó su mente de aquel momento a otro lugar y a otro tiempo, no excesivamente lejanos.

Repentinamente sintió que estaba en un lugar privilegiado, aún no lo podía saber, pero debía de ser así. El Observatorio Real apenas tenía 7 años después de que el mismísimo Rey Sol mandara su construcción, como el primero de los proyectos de la recién fundada Academia Real de las Ciencias.

También recordaba su anterior observatorio. En mitad de una planicie en la gélida isla de Hven, las noches no eran desde luego tan placenteras como las del verano parisino. Aún podía sentir el frío y la humedad penetrando todos sus huesos y catalizando un terrible dolor noche tras noche. Llevaba 5 años en Paris y apenas recordaba ya esas experiencias. Y no habían sido esos los únicos cambios.

Llevaba tiempo trabajando en el cálculo de las órbitas de los satélites jovianos, vistos y descritos por primera vez por Galileo Galilei. Para tal empresa, había heredado posiblemente los datos de las mejores observaciones que hasta entonces existían, las de su coterráneo Tycho Brahe. La continuación de su trabajo lo llevó hasta el Observatorio Real para trabajar, desde 1672, como asistente de Giovanni Domenico Cassini, director del mismo.

Observatorio Real de Paris (1667). Vista de pájaro dibujada por Claude Perrault, arquitecto que lo diseñó

 

Sin embargo, ya hacía tiempo que todo aquello había perdido cierta relevancia. Su mente ahora apuntaba hacia otro lado, aunque sus ojos nunca dejaron de mirar el cielo. Ahora pensaba en el misterio de la luz.

Después de numerosas observaciones, junto con Jean Picard, en Dinamarca y luego bajo la tutela de Cassini, en Francia. Calculaba incansablemente el tiempo que Io estaba detrás de la sombra de Júpiter para calcular su periodo de traslación sin alcanzar en años ningún grupo que medidas que fueran estables. Pareciera que en su camino alrededor del gigante gaseoso unas veces tardara más y otras menos, unas veces fuera más rápido y otras más lento. ¿Era Io un satélite perezoso?

Problemas extraordinarios requieren soluciones extraordinarias. Sin preverlo su investigación fue tomando otros derroteros y, en poco tiempo, se vio inmerso en una de las mayores discusiones de la época. Algo tan corriente y mundano como la luz que baña la Tierra desde antes de que esta se formara, seguía siendo un gran misterio. ¿La velocidad de propagación de la luz era infinita? ¿Era finita? ¿De qué forma se podría cuantificar?

Posiblemente su problema particular no era un problema al fin y al cabo, sino la respuesta a otra pregunta mayor. Revisando sus anotaciones vislumbró que el momento en que Io emergía de detrás de Jupiter y salía de su eclipse era mayor cuando la Tierra estaba más alejada de Júpiter, mientras que el periodo de traslación se reducía seis meses después (¡casi 22 minutos!), con la Tierra y Júpiter en un momento de máxima aproximación (oposición).

El nacimiento de una nueva hipótesis encharcaba su cabeza. Tal vez las diferencias en sus cálculos no eran culpa de Io, sino de la luz. Tal vez la luz no se propaga de forma instantánea y tiene una velocidad finita, de forma que cuando la Tierra está más lejos, la luz tarda más en llegar. Tal vez había dado con un método para calcular la velocidad de la luz.

Valiéndose de sus datos y su nuevo método estimó que la luz se desplazaba a la vertiginosa velocidad de 214.000 km/s. Una cifra sorprendentemente precisa de su valor real, teniendo en cuenta que en la fecha no se tenían datos muy precisos sobre las distancias Sol-Tierra y Tierra-Júpiter. Sólo harían falta medidas más precisas. La oscuridad en la que estaba sumida la luz desde hacía siglos empezaba a extinguirse.

¿De quién hablamos?

 

Esta entrada forma parte de #Polivulgadores de Café Hypatia en su edición de mayo de 2018. En esta ocasión polivulgamos sobre #PVluz.

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El pequeño milagro de la comunicación

Sólo fueron necesarios unos minutos de abstracción para que Stephen descubriera que el éxito de la comunicación no es sino uno de esos hitos que la naturaleza demuestra cada día con una facilidad pasmosa, haciéndonos creer que es algo inevitable. Nada más lejos de la realidad.

Cualquier sistema dotado de varios elementos es un pequeño milagro. Dichos elementos trabajan de forma conjunta y coordinada para le ejecución de una serie de tareas que no podrían desempeñar por sí solos, demostrando ese aforismo popular que reza que la unión hace la fuerza. Pero ninguna coordinación es posible sin comunicación. La retroalimentación entre los distintos elementos es un hilo que, a pesar de etéreo, es altamente complejo y lábil. Cualquier causa que viole la continuidad del hilo conductor acabará con el sistema para convertirlo en un conjunto de elementos descoordinados.

Cada vez que pensaba en esto no podía evitar pensar en el pequeño milagro que ocurría cada vez que compraba algo a través de internet. Únicamente bastaban unos clicks para poner en marcha una reacción coordinada en una tienda, y quién sabe si en una fábrica remota, que finalmente acababa con el producto en sus manos. Entre medias, el producto había pasado por muchas manos, a veces incluso por distintos países, a través de una cadena invisible y efectiva que él había puesto en marcha. Era consciente de que si cualquiera de los intermediarios de esa frágil línea hubiera fallado, el resultado sería la no-recepción de lo que quería. Aún así, miraba el paquete y se sorprendía de tener en su regazo era la demostración de una coordinación perfecta, fluida y eficaz.

Pensaba mucho. Había quien decía que quizá demasiado, pero no para él. Desde siempre disfrutaba perdiéndose en su mundo, pero sobre todo desde que le diagnosticaron la enfermedad de Lou Gehrig, una terrible consecuencia de la falta de comunicación. Ese era el nombre y el causante de todos los hormigueos y calambres que centelleaban por sus piernas.

Al igual que cuando un paquete se retrasaba o perdía, la causa del problema no se sabía con certeza, pero sin duda existía. En su caso, un intermediario había claudicado de su función. Las motoneuronas alfa, en el tronco del encéfalo y la médula espinal, no eran sino uno de esos mensajeros que reciben un impulso nervioso desde el centro de coordinación (corteza cerebral) y lo envía de camino a su destino, para que los músculos puedan contraerse.

Pero por cualquier motivo, sus motoneuronas alfa morían, degeneraban, posiblemente a consecuencia de algún defecto genético que le impedía eliminar los radicales libres. La enzima SOD1 (Superóxido dismutasa 1) trabajaba incansablemente detoxificando esos radicales libres, convirtiéndolos en peróxido de hidrógeno (agua oxigenada) que posteriormente se transformaba en agua y oxígeno (totalmente inocuos). En sus pensamientos vislumbraba que era la SOD1 la culpable  de todo. No la producía en suficiente cantidad y esos radicales libres entoxicaban a sus preciosas motoneuronas alfa (el maldito intermediario). Y de aquellas aguas, estos lodos.

Ni siquiera sabía si esa era la causa real. Lo que sí era real era la ausencia de algún tratamiento que fuera efectivo en esta enfermedad rara. Aún no se conocía bien y, como mucho, tenía una esperanza de tres años de vida, con apenas 20 años. Por lo que sabía, su cerebro y sus músculos estaban bien, pero la comunicación entre ellos sufría un apagamiento progresivo. Poco a poco dejaría de tener el control sobre sus brazos, sus piernas, su torso y, finalmente, su respiración. Y todo por culpa de un maldito intermediario.

Para cualquier otro hubiera sido el final. No para él. Siempre pensó que debía darse prisa. Tenía que aprovechar el tiempo y los recursos que le quedaran. Por fortuna, su enfermedad sólo atacaba su capacidad de movimiento. Su capacidad de ver, de sentir y, sobre todo, de pensar, seguían tan intactas como siempre. Con todo ello, no había excusa para continuar su gran misión. Tenía que aprovechar el tiempo y los recursos que le restaban para dar respuesta al gran misterio del Universo. Gracias por todo lo que dejaste.

Stephen W. Hawking (1942 – 2018) (dragoart.com)

Esta entrada forma parte de #Polivulgadores de Café Hypatia en su edición de abril de 2018. En esta ocasión polivulgamos sobre #PVenfermedad.

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La buena ciencia

Ya lo había hecho otra vez. Ya estaba allí enfrascado de nuevo con esa sensación que perturbaba su cabeza y le producía agrado al mismo tiempo. No era la primera vez que escuchaba historias de esas de manos de su tía Paula. Ella no era científica de profesión, pero desde luego que era una científica de espíritu. Los libros que le recomendaba siempre eran fascinantes y hacían la vida mucho más amena y divertida. Ahora sabía por qué se calentaba la leche cuándo la metía al microondas o que había dentro de una pila. Nunca se hacía esas preguntas, pero la tía Paula lo obligaba a hacerlas y le daba las herramientas para que pudiera responderlas, los poderosos libros.

Por eso, le gustaba tanto ir a visitarla. Un parchís con ella siempre suponía desentrañar alguno de esos misterios con los que convivimos diariamente y nunca nos atrevemos a preguntar, quizás por miedo a no saber resolverlo. Pero había gente que no dejaba de preguntarse cosas, que sentía la incesante necesidad de preguntarse el porqué de todo. Tía Paula llamaba a eso el “ADN de la Ciencia”, de donde nacía todo. ¿Qué era ser científico sino preguntarse cómo era la naturaleza y preguntar directamente a la naturaleza para obtener la respuesta?

La buena ciencia no es la que acierta, sino la que avanza. Mientras tía Paula seguía en la cocina Luís se acordó de la historia de la botella de Leyden que ella le contó en otra ocasión. En torno al siglo XVIII, en un momento en que los científicos trataban de averiguar qué era la electricidad. De entre las distintas hipótesis que se manejaban, una bastante extendida trabajaba la idea de que ese fenómeno físico era una suerte de fluido invisible. Pieter Musschenbrok pertenecía a esa escuela y supo de la historia de Ewald von Kleist, quien había recibido una descarga eléctrica al intentar electrizar el agua de una botella. Tras los experimentos de Musschenbrok y ciertas mejoras en el diseño, se concibió la primera botella de Leyden (haciendo honor a la ciudad de Leyden, entre Armsterdam y La Haya).

Botella de Leyden (1746) (diarium.usal.es)

El artilugio que había sacudido a von Kleist eléctricamente, también produjo una descarga en el cerebro de Musschenbrok, quien pensó que, efectivamente, podía almacenar la electricidad en el interior de una botella. De alguna forma podía condensar el fluido eléctrico y almacenarlo. La botella de Leyden es el primer condensador eléctrico, surgido a partir de la unión de una idea equivocada y un agudo intelecto…

—¡Luis! ¿No me oyes? Llevo un rato llamándote, ¿qué andas pensando?

—Perdona tía Paula. Pensaba en aquella historia de la botella de Leyden que me contaste hace años y en papel de la casualidad en todo lo que hemos avanzado a lo largo del tiempo.

—¡Ahh, la botella de Leyden! Me acuerdo de aquello… sí…— se dejó atrapar por la historia —Pero aquello no fue fruto de la casulidad. Casualidad es lo que hace que te toque la lotería, o que tu amigo y tú hayáis nacido el mismo día. Hace falta algo más que simple casualidad para que ocurran esos “milagros”. Piensa tan sólo que si Musschenbrok no hubiera sabido del suceso de von Kleist, o no pensara en el “fluido eléctrico”, hubiera pasado totalmente desapercibido.

—Entiendo. Es algo así como estar en el lugar adecuado, en el momento adecuado, ¿no?

—¡Serendipia! Se llama serendipia y hace referencia a un descubrimiento afortunado valioso e inesperado que ocurre de forma casual, cuando se está buscando algo distinto. Todos somos suceptibles de que nos ocurran casualidades, porque llegan sin más. Pero para que la serendipia nos atrape, debemos estar continuamente preguntándonos cosas, aunque sean equivocadas.

—Osea— dijo Luis intentando extraer la moraleja de todo aquello —Si tratamos de resumirlo todo en una frase diríamos que sólo quien busca, encuentra.

—Mmmm— pensaba Paula en algo que leyó alguna vez — Te cambio esa frase por esta otra de Francis Bacon: “La verdad se alcanza más fácilmente a través de la equivocación, que de la confusión”.

 

El vídeo muestra una animación muy sencilla del fundamento de la botella de Leyden para almacenar la carga eléctrica y luego descargar la energía almacenada. El flash de las cámaras tiene un condensador que acumula la energía de la batería para luego descargarla de forma súbita generando una luz de alta intensidad. Sin el condensador, la batería de la cámara no podría generar esa cantidad de energía.

Esta entrada forma parte de #Polivulgadores de Café Hypatia en su edición de marzo de 2018. En esta ocasión polivulgamos sobre #PVserendipia.

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Red de redes

Despacho de System Development Corporation, Santa Mónica. Octubre 1965

El segundo café definitivamente no fue una buena idea para aplacar el nerviosismo. Bajo la única luz que emitía la pantalla de aquel ordenador Q-32 y un viejo flexo, Thomas Marill mordisqueaba sus propias uñas mientras esperaba una llamada, la llamada. Taladraba en su cabeza aquella comunicación primigenia entre Alexander G. Bell y su ayudante Thomas A. Watson, el 10 de marzo de 1876 y eso no lo apaciguaba, más bien al contrario. Le parecía mentira que no hubiesen pasado ni siquiera 100 años. Y la llamada estaba a punto de repetirse, pero esta vez no vendría de la habitación de al lado, sino de casi 5 000 km de distancia. Esta vez no se trataría de voz, sino de datos y programas.

Se empezaron a generar los primeros resultados. Un ordenador TX-2 del Lincoln Lab, en el MIT (Boston) se había conectado por línea telefónica al ordenador de Marill, en California. Ambos ordenadores trabajaban juntos, por primera vez, ejecutaban programas y manejaban datos almacenados en remoto.

La velocidad era lenta e inestable, pero tampoco aquella llamada a la habitación de al lado tuvo una nitidez prístina.

Ordenador TX-2. Uno de los primeros dos ordenadores que trabajaron con datos y programas remotos de otro ordenador. (eumed.net)

Oficina de Técnicas de Procesamiento de la Información de ARPA, Washington. 1966

El director Bob Taylor está sentado en su silla y agradece que tenga ruedas. Mira por encima de su pantalla y divisa a través de la ventana el majestuoso bosque encerrado dentro de las paredes del Pentágono. Las ruedas le ahorraban kilómetros cuando tenía que cambiar rápidamente de un ordenador al siguiente. Hacía aproximadamente un año de aquella primera comunicación entre máquinas en polos opuestos del país. Todo había avanzado vertiginosamente y aún le costaba aceptar que, sentado en aquella máquina, pudiera conectarse al sistema informático del Instituto Tecnológico de Massachussets. Los ruedines de la silla le servían para deslizarse, usando la mesa, hasta otro terminal a través del cual se comunicaba con la Universidad de Berkeley. Así era el mundo ahora, de punta a punta del país a salto de mesa.

Pero un hombre exigente como el director Taylor no estaba dispuesto a quedarse ahí. Bajo la idea de poder acceder y comunicarse con cualquier ordenador desde un sólo terminal, creó ARPAnet en 1967, una red de ordenadores conectados entre sí. Algo más complejo, pero más efectivo, que la primera comunicación, sustituyendo la conmutación de circuitos eléctricos de la línea telefónica tradicional, por conmutación de paquetes. En 1971, ARPAnet interconectaba 23 equipos diferentes en distintas regiones del territorio.

Mapa de la posición de terminales conectados a ARPAnet en 1971, el principal precursor de lo que hoy conocemos como Internet. (fib.upc.edu)

Ahora ya sólo quedaba un último escalón y ese pasaba por la extrapolación. Las redes crecieron y ARPAnet dejó paso a Telenet, su versión comercial. También en Europa se formó Eunet, que conectaba máquinas entre Reino Unido, Holanda y Escandinavia. Se establecían puentes, cables que unían máquinas comos si de railes se trataran.

Ahora ya sólo quedaba un último escalón. Unificar todos los raíles. Apagar todas las redes para dejar encendida una sola, INTER(national)NET, y quedar globalmente comunicados para siempre en la red de redes.

 

Esta entrada forma parte de #Polivulgadores de Café Hypatia en su edición de febrero de 2018. En esta ocasión polivulgamos sobre #PVComunicados.

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Las matemáticas que ampliaron el universo

La filosofía está escrita en ese grandísimo libro abierto ante los ojos; quiero decir, el universo, pero no se puede entender si antes no se aprende a entender la lengua, a conocer los caracteres en los que está escrito. Está escrito en lengua matemática y sus caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geométricas, sin las cuales es imposible entender ni una palabra; sin ellos es como girar vanamente en un oscuro laberinto.Galileo Galilei (1564-1642)

Entre las más de 42.000 tumbas del mítico cementerio de Montparnasse, en Paris, hay una coronada con un orbe de piedra dedicada a un matemático, Urbain Le Verrier (1811-1877), a quien se le atribuye el descubrimiento de Neptuno con la única ayuda de lápiz y papel. Hacía tiempo que la observación de determinadas anomalías en la órbita de Urano columbraba la existencia de un octavo planeta. Le Verrier disponía de los datos de esas diferencias orbitales y utilizando las matemáticas predijo la posición del nuevo planeta. El matemático envió sus datos a Johann G. Galle del observatorio de Berlin. El 23 de septiembre de 1846, la misma noche que recibió la carta, Galle apuntó con el telescopio a las coordenadas que calculó Le Verrier y encontró Neptuno a menos de un grado de distancia. El universo hablaba matemáticas y los matemáticos descubrían nuevos planetas. Galileo no se equivocaba.

Lápida de Urbain Le Verrier en el Cementerio de Montparnasse (paris, Francia). El orbe de piedra hace honor al descubridor del planeta Neptuno (Benjamin Waldman)

Pero no pasó mucho tiempo antes de que se empezaran a observar fenómenos parecidos en la órbita del recientemente incluido Neptuno. La detección de una serie de irregularidades en su órbita hacía presagiar la existencia de otro nuevo planeta transneptuniano. La notable fascinación ante el repentino crecimiento del sistema solar por parte de la comunidad científica dejó paso a la convicción de que la hipótesis era cierta, y que no tardaría mucho en descubrirse el noveno planeta a través del cálculo y de la mecánica celeste. Por desgracia, el “planeta X”, como se le denominaba, iba a ser mucho más escurridizo que el gigante Neptuno y tardó bastante más tiempo en dar la cara.

El descubrimiento de Neptuno supuso un auténtico espaldarazo y durante la segunda mitad del siglo XIX coexistieron varios “cazadores” persiguiendo la estela del nuevo planeta que los colmaría de fama y reconocimiento. Percival Lowell (1855-1916) era matemático, reconvertido en astrónomo y uno de los más ávidos cazadores del hipotético Planeta X. Proveniente de una familia aristócrata de Boston, fundó el Observatorio Lowell en Flagstaff, Arizona en 1894. Un telescopio refractor de 24 pulgadas (una lente de 60 cm de diámetro) montado en Boston por Alvan Clark fue el primer instrumento colocado en el nuevo observatorio con el que Lowell escudriñó intensamente el cielo en busca del tesoro celestial durante sus últimos 11 años de vida. A pesar de su formación como matemático, Lowell contrató a Elizabeth Langdon Williams (1879-1981) como matemática para calcular la hipotética posición del planeta. Williams llegó a ser la jefa de los matemáticos y durante todos aquellos años, ella dictaba hacia dónde dirigía Lowell su telescopio.

Tras la muerte de Lowell, su prestigio científico ya estaba bastante denostado a causa de su otra gran búsqueda, el delirio de los canales artificiales en Marte. Incluso, tras demasiado tiempo de búsqueda sin resultados, casi todos los cazadores cejaron en su objetivo, incluido William H. Pickering (1858-1938), uno de los principales competidores y viejo conocido de Lowell. El Planeta X empezaba a enterrarse.

Telescopio Aboot L. Lowell, más coloquialmente conocido como Pluto Discovery, es el astrógrafo de 13 pulgadas con el que se detectó por primera vez el planeta enano Plutón (sciencesource.com)

No obstante, la muerte de Lowell no supuso el final de la búsqueda. El patrimonio significativo de este aseguraba fondos suficientes para continuar la actividad en el observatorio de Flagstaff. Una parte de ese patrimonio se invirtió en costas legales cuando Constance, la viuda de Lowell, reclamó una parte del dinero. De forma más tímida, y una vez superados los problemas jurídicos, Vesto Melvin Slipher (1875-1969) continuó dirigiendo el observatorio Lowell. Slipher, quien llevaba años trabajando en Flagstaff, sí era un astrónomo bastante más reputado y ya se había labrado una carrera prolífica al haber medido por primera vez la velocidad radial de una galaxia (en aquel entonces se pensaba que eran nebulosas). De hecho, el trabajo de Hubble parece estar basado, en parte, en los hallazgos de Slipher. En 1927 adquirió un telescopio astrógrafo refractor de 13 pulgadas (3 lentes de 33 cm que enfocan la luz en una placa fotográfica) con el objetivo de continuar la búsqueda del Planeta X. Durante el montaje que se extendió durante unos dos años, Slipher se encargó de buscar al astrónomo que se encargara de operar el nuevo telescopio.

En una granja del Condado de LaSalle, Illinois encontró a un joven astrónomo amateur que había construido varios telescopios con piezas viejas con los que observaba y dibujaba Marte, Júpiter y Saturno. El director Slipher quedó asombrado por la calidad de algunos de aquellos dibujos que el propio granjero mandó años antes al observatorio. Así pues, con tan sólo 22 años y sin apenas ninguna formación reglada, Clyde Tombaugh (1906-1997) llegó procedente de la granja al Observatorio Lowell con una tarea tan ardua como tonificante: encontrar el noveno planeta.

La hipótesis seguía siendo la misma. Se podían usar la ley de la gravitación de Newton y la mecánica celeste para calcular la posición del planeta en base a las irregularidades detectadas en las órbitas de Urano y Neptuno. Con el nuevo astrógrafo se tomaban imágenes de distintas regiones del cielo y se volvía a repetir otra toma de la misma región algunos días más tarde. El trabajo de Tombaugh era tomar esas placas fotográficas, revelarlas y compararlas entre sí. Para ello utilizaba una cámara de parpadeo en la que se introducían las dos imágenes. La cámara de parpadeo cambiaba rápidamente de una a otra varias veces y, de esta manera, se podían detectar aquellos astros que cambiaban su posición en el cielo. Si realmente estaba allí el planeta X, se detectaría un astro que se movería ligeramente en relación con el fondo “fijo” (muchísimo más lejano en comparación) de estrellas. Esta técnica del parpadeo sigue utilizándose hoy día entre los aficionados que siguen descubriendo asteroides y otros cuerpos menores del sistema solar.

Clyde Tombaugh utilizando la cámara de parpadeo del Observatorio Lowell, con la que descubrió el planeta enano Plutón. (bbc.co.uk)

Tombaugh demostró ser muy concienzudo en el trabajo y, en parte apartado por los otros astrónomos del observatorio, introdujo algunas mejoras en el proceso de toma de las placas fotográficas. Consecuencia de ello fue la detección de hasta 15 asteroides diferentes como son los asteroides Annette y Alden (hijas de Clyde) y Patsy (esposa de Clyde) entre otros.

La noche del 18 de febrero de 1930, surgió la gran sorpresa. Tombaugh estaba comparando las placas que fueron tomadas el 23 y el 29 de enero en una región cerca de la estrella Delta Geminorum (constelación de Géminis), uno de los lugares donde cabría esperar encontrar al planeta de Lowell. De forma clara, un astro se desplazaba entre ambas fotografías. La posición, trayectoria y brillo del astro fueron un gran presagio para el descubrimiento. Aún así, se hicieron comprobaciones y se volvieron a repetir varias veces las tomas para confirmar el descubrimiento. Cuatro semanas más tarde, el 13 de marzo de 1930 se confirmaba el descubrimiento del Planeta X, coincidiendo con el cumpleaños de Percival Lowell.

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Ahora restaba la batalla de bautizar al nuevo inquilino solar y en ello hubo algunas disputas. Constance, la esposa del difunto Lowell propuso que podía llamarse “Zeus”, o incluso “Percival” o “Constance”. Sin embargo, el nombre se concibió al otro lado del océano. Venetia Burney (1918-2009) tenía 11 años e iba a la escuela en Oxford cuando supo, por su abuelo astrónomo, del descubrimiento del nuevo planeta. Por entonces estudiaba mitología en sus clases y se le ocurrió el nombre de “Plutón” (Pluto, en inglés). Plutón es el dios romano del inframundo, que no era sino los confines del sistema solar, más allá de Neptuno. Una vastedad de espacio de espacio vacío y frío donde apenas llega la luz del Sol. Al comité le pareció un nombre bastante apropiado, siguiendo la línea del resto de planetas que también tenían nombres de dioses griegos y romanos. Además, debió de parecerles cuanto menos gracioso que las dos primeras letras del nombre fueran las iniciales del principal benefactor del observatorio, Percival Lowell.

Elizabeth L. Williams realizó los cálculos para que Lowell pudiera detectar Plutón en 1915. Con posterioridad se vió a Plutón en las fotografías de Lowell, pero no fue detectado ya que tenía una magnitud (brillo aparente) mucho menor de lo esperado.

Con los siguientes pares de fotografías se obtuvieron datos para delimitar la órbita de Plutón, así como algunos datos. Resultó que era un planeta mucho más pequeño y menos brillante de lo que se esperaba. De hecho, Plutón fue hallado en otro par de fotografía tomas en el Observatorio Lowell en 1915. En aquella ocasión, la región de interés fue calculada por la misma Elizabeth Williams, pero el hallazgo pasó desapercibido porque el planeta tenía mucho menos brillo del esperado. Fueron precisamente las mejoras introducidas por Tombaugh lo que permitieron volverlo a “cazar” 15 años más tarde. Aún así, fue una mujer la que rozó con sus dedos la gloria de descubrir el noveno planeta y fueron las matemáticas las que demostraron, una vez más, que son las que bosquejan el vasto y frío universo.

Referencias.

Stephen Hawking. El universo en una cáscara de nuez.

Isaac Asimov. Viaje a la ciencia.

https://lowell.edu/history/the-pluto-telescope/

http://www.discoveryofpluto.com/

http://pluto.jhuapl.edu/Participate/learn/What-We-Know.php?link=Discovery-of-Pluto

https://www.space.com/29911-pluto-exploration-history-new-horizons.html

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Las grandes degradaciones

“Un hombre afirmó que conocía el secreto…Examinó a los dos extranjeros celestiales de la cabeza a los pies y les espetó en plena cara que sus personas, sus mundos, sus soles y sus estrellas fueron creados únicamente para el uso de los hombres. Ante tal afirmación, nuestros dos viajeros se dejaron caer uno contra el otro, tomados por un ataque de… risa incontrolable”

(Voltaire, Micromegas, una historia filosófica, 1752)

La historia demuestra lo implacable que fue, es y será el universo con el hombre, arrebatándole siempre el lugar privilegiado que este cree merecer dentro de aquel: El centro del universo.

Más tarde resultó que la Tierra, morada del hombre no era el centro sino el Sol. Al menos, nuestra estrella era el centro.

Más tarde resultó que el Sol no era único, sino que había más, muchos más soles formando la Vía Láctea. El Sol ni siquiera era el centro de la galaxia. Al menos, nuestra galaxia era única y ocupaba el centro del universo

Más tarde resultó que había más, muchas más galaxias, cada una con cientos de miles de millones de estrellas, y la nuestra no era la central, tampoco la más grande, ni la más pequeña. Al menos, nuestra estrella es la única que tiene planetas a su alrededor.

Más tarde resultó que había muchas estrellas orbitadas por planetas. Algunos de ellos más grandes y otros más pequeños que la Tierra. Al menos, nuestro planeta era el único que tenía elementos y moléculas complejas que hacían posible la vida.

Más tarde resultó que el metano, amóniaco o los aminoácidos, esenciales para la vida formaban parte de la composición de muchos planetas, asteroides e incluso nebulosas. Al menos nuestro planeta es el único albergado por vida.

No importa que la Tierra, el Sol y su sistema de cuerpos mayores y menores o nuestra galaxia estén relegados a un lugar arbitrario, periférico y totalmente anodino del universo. El ser humano sigue siendo el centro, el único ser inteligente que puebla el cosmos.

Me temo que se acercan los “más tarde” que terminarán degradando definitivamente al ser humano. Si no fuera así…¡cuánto espacio desaprovechado!

Carl Sagan (1934-1996) (www.esepuntoazulpalido.com)

Esta entrada forma parte de #Polivulgadores de Café Hypatia en su edición de enero de 2018. En esta ocasión polivulgamos sobre #PVCarlSagan.

Referencias:

Carl Sagan. Un punto azul pálido. 2003. Planeta, Barcelona.

 

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Esperanto celular

Sabía de sobra que el rencor no se contaba entre uno de sus grandes defectos. Aún así, un prístino rayo de sol que se filtraba a través de las cortinas de la habitación del hotel resultó ser un hallazgo revelador.

Rememoraba su antiguo dormitorio, reconvertido con sus propias manos en un laboratorio, el único lugar donde podía realizar su labor una mujer científica de origen sefardí, primero en Turín, luego en Florencia. El fascismo italiano y los planes de limpiar la raza no se lo pusieron fácil a casi nadie, mucho menos a ella.

Su llegada a San Luis fue en parte un alivio y en parte renacer. Inspirada y animada por Viktor Hamburger retomó sus experimentos con embriones de pollo para estudiar el desarrollo embrionario del tejido nervioso. Las fibras sensitivas crecían de forma desmesurada cuando un tumor de ratón era trasplantado sobre algunos de aquellos embriones.

Hubiera podido pasar desapercibido de no ser por el hecho de que no había contacto directo entre el tumor y la zona de regeneración nerviosa. Fuera lo que fuese, era un mecanismo de acción a distancia…quizás una molécula secretada por el tumor con capacidad de estimular la formación de nuevas terminaciones nerviosas, un factor que induce el crecimiento de nervios. Se le ocurrió que podía llamarlo “Factor de Crecimiento Nervioso (NGF)”.

En alguna ocasión dijo que debería agradecer a Mussolini haberla declarado como raza inferior ya que la situación de sufrimiento fue un tónico para que ella se esforzara aún más. Puede que en parte, gracias a todas esas dificultades, hoy ella estaba sentada en la mesa de una habitación de hotel admirando el brillo de la medalla Nobel que había recogido el día antes mientras divagaba entre sus recuerdos.

El factor de crecimiento nervioso, que ella postuló, fue el primero de muchos otros factores de crecimiento, pequeñas proteínas mediante las que unas células se comunican con otras, induciendo o inhibiendo procesos celulares como la formación de hueso, la regeneración nerviosa o la división celular. Sin duda lo más llamativo era el hecho de que el tumor de un ratón indujera la formación de nervios en un pollo. El lenguaje que utilizaban las células parecía universal y esto era lo que más orgullo le generaba. Las células hablaban esperanto y había sido ella, Rita Levi-Montalcini, mujer y judía, quien se había empezado a dar cuenta de ello.

Se le hacía tarde y había quedado en recepción en unos minutos para dar un paseo por el Estocolmo invernal. Mientras bajaba las escaleras dibujaba una sonrisa en su cara mientras repetía en su cabeza una de sus frases favoritas.

“No temas a las dificultades: lo mejor surge de ellas.”

Rita Levi-Montalcini (1909-2012). Premio Nobel de Medicina o Fisiología en 1986 (junto con Stanley Cohen “por su descubrimiento de los factores de crecimiento” (biografiasyvida.com)

Esta entrada forma parte de #Polivulgadores de Café Hypatia en su edición de diciembre 2017. En esta ocasión polivulgamos sobre #PVmujerciencia.

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