#PVreferentes

Se podría decir que, ante todo, era un liberal, en el mejor sentido de la palabra.

De aspecto afable y hasta cercano, tan atípico en el físico, fue implacable con la anarquía de electrones y fotones, dotándolos de una teoría que, sin restarle libertad, podía predecirlos con la precisión más asombrosa. Así se convirtió en orfebre de la “joya de la Física”.

De carácter sosegado y mirada serena, tan atípico en el profesor, fue rebelde para rehusar el lenguaje más técnico. Demostraba que es posible entender los fundamentos de sus propias teorías a quien no dispone de la formación. Daba la libertad de poder entender a quien se suponía que no la debe tener. Así se convirtió en un excelente maestro.

De vestimenta elegante y has atractiva, tan atípica en el científico, fue insurgente con quien pretendiera encerrar algo. Detestaba las cajas fuertes y, no en vano, las abría. Su intención no era el hurto, sino hallar lo que antes no podía ser hallado para él y para el resto del mundo. Dando libertad a lo que antes permanecía encerrado. Así reclamaba la guerra a lo desconocido mediante el sonido de sus bongos.

Se podría decir que, ante todo, era un liberal, en el mejor sentido de la palabra

¿De quién hablo?

Esta entrada forma parte de #Polivulgadores de Café Hypatia en su edición de octubre de 2020. En esta ocasión polivulgamos sobre #PVreferentes.

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El astrónomo que venció al infinito.

—En efecto, Señor Director. No le hubiera transmitido esta idea si no lo hubiera comprobado antes…

—Entiendo su postura— lo interrumpió de manera abrupta —Y sabe que yo también compartí su apreciación no hace mucho. Sin embargo, no puede ser…— permaneció dubitativo observando el titilar de la llama en la lámpara de su escritorio. —Sencillamente… no puede ser.

Aunque apreció algún signo de flaqueza, también reconoció que su director resultaría inflexible ante aquel aspecto. Eso lo afligió.

Estaban tratando un tema delicado, una antigua discusión, una controversia que venía desde los tiempos de la Antigua Grecia, una cuestión que trascendía los datos y que se hundía en el dilema de si existían los límites. En esencia era la batalla de la indeterminación. ¿Era la indeterminación una prueba de la infinitud?¿O sería tal vez la constatación de que había cosas colosalmente grandes que no podías ser mensuradas?

Seguía pensando en aquella vieja cuestión mientras observaba la danza lenta y periódica de la llama pequeña que iluminaba levemente la estancia del Director del Observatorio. Recordó que aquel lugar posiblemente fuera la punta de lanza en aquella cuestión. El Rey Sol deseaba ver a Francia como la primera potencia científica del mundo.

El ministro de finanzas de Luis XIV, Jean-Baptiste Colbert, trabajaba en ello, y fruto de su esfuerzo, fueron llegando a Paris jóvenes personalidades de todo el globo. Christian Huygens llegó procedente de Holanda, el director vino desde Génova. Incluso él mismo viajó desde su Dinamarca natal para asentarse en Paris. Aquel podía ser un lugar llamado a resolver la vieja cuestión de los límites. Y el astrónomo danés creía que lo tenía en sus manos. Lamentablemente, el Director del Observatorio de Paris, Giovanni Domenico Cassini, no parecía brindarle apoyo.

No obstante, la postura del director Cassini parecía ser más el resultado de una derrota intelectual que de la convicción genuina.

—¡Enséñeme otra vez sus observaciones, Ole!— le espetó el Director sacándolo del trance. Más allá de las controversias, el Director reconocía que el trabajo de sus astrónomos era impecable y riguroso. Y Ole no era la excepción.

—Aquí están las últimas 5 observaciones, Señor— dijo alargando el brazo para entregarle las anotaciones que traía bajo el brazo.

El Director Cassini escrutaba aquellos cálculos, tiempos, dibujos de órbitas… Trataba de descubrir la solución a un problema que venía durando más de mil años. Más bien trataba de encontrar el error que confirmara que realmente no había solución al problema y que Ole se equivocaba. Mientras  tanto, el astrónomo volvía a recitar toda la serie de datos. Los había repasado tantas veces que los había memorizado por completo. La solución al dilema de los límites no podía encontrarse en su mundo, había tenido que irse a otro mundo para acercarse a la solución. Galileo Galilei no pudo dar con la solución en la Tierra. Ole lo intentaba en el mayor de los mundos que conocía, en Júpiter, el rey de los cielos.

—He anotado el tiempo que tarda el eclipse de Io, la luna de Júpiter. El tiempo que transcurre desde que Io se oculta tras la sombra de Júpiter hasta que aparece por el otro lado no es siempre el mismo. Pero he visto un patrón.— Hizo una pequeña pausa para reordenar sus palabras, tragó saliva y continuó. —En el momento en que la Tierra está más cerca de Júpiter, el tiempo del eclipse de Io es sustancialmente menor que cuando la Tierra está más alejada de Júpiter, en el extremo de la órbita.

—Esa diferencia es la clave— casi fue un grito. No pudo evitar la emoción en su voz —Evidentemente la velocidad de Io alrededor de Júpiter es siempre la misma. Esa diferencia no es sino un efecto de la luz. Cuando la Tierra está más lejos de Júpiter, la luz tarda más en llegar a nosotros. La consecuencia es que vemos que los eclipses en Júpiter tardan más conforme más lejos estemos nosotros de Júpiter.— Sus palabras aceleradas se detuvieron repentinamente cuando el Director levantó su vista de aquellos papeles.

—¿Está usted seguro, Ole?— Ahora miraba a sus ojos con la misma profundidad con la que había estudiado aquellas anotaciones.

—Señor Director. La medida ha sido repetida varias veces, en distintos momentos. Estos datos sólo pueden ser explicados si la luz tiene una velocidad finita, muy grande, pero limitada.

No pudo evitar pensar en el argumento de Empédocles, quien mil años antes ya hipotetizó que la luz era algo en movimiento y, por tanto, tenía que invertir algún tiempo en viajar de un lugar a otro. La luz, por tanto, debía viajar a una velocidad. Herón de Alejandría, sin embargo, aducía que cuando abrimos los ojos, los objetos más distantes conocidos, las estrellas, aparecían inmediatamente, por lo que se deducía que la luz viajaba de forma instantánea y que, por tanto, su velocidad era infinita. Ese era el viejo dilema de la infinitud. La cuestión de si habría un límite para que la luz se pudiera desplazar o si, por el contrario, dicha velocidad fuera ilimitada.

—¿Me está diciendo que con estos datos no sólo afirmaría que la velocidad de la luz tiene un límite, sino que además podría estimar dicha velocidad?— Esa era la cuestión que más impresionaba a Giovanni Cassini.

—Son datos preliminares y aún harían falta mejores observaciones, pero en base a mis cálculos he podido estimar que la luz tarda unos 22 minutos en cruzar la órbita de la Tierra. Conociendo las estimaciones del radio de la órbita terrestre, estaríamos hablando de que la luz viaja a una velocidad de 220.000 km/s. — La voz de Ole se pausó para decir la cifra, en una mezcla de esfuerzo en articular el número y el placer de paladear las dimensiones de la cifra.

Esquema del experimento de Rømer (1676). Cuando la Tierra está más alejada de Júpiter, el tiempo que tarda la luna Ío en aparecer al pasar detrás de Júpiter es mayor. En realidad es la luz la que tarda más tiempo en llegar a nosotros. Conociendo las distancias Sol-Tierra-Júpiter, se puede estimar la velocidad de la luz. Crédito: aminoapps.com

En 1676, el astrónomo danés Ole Rømer hizo la primera estimación de la velocidad de la luz basándose en el tiempo que tarda el satélite Io en pasar por detrás de Júpiter en distintos momentos del año desde el Observatorio de Paris. La cifra obtenida por Rømer, actualizada después por Huygens, tenía un gran margen de error con respecto a la cifra aceptada actualmente. Sin embargo, fue la primera vez que se obtuvo evidencia de que la luz no se transmite de forma instantánea (velocidad infinita), sino que viaja a una velocidad determinada y cuantificable.


 

Esta entrada forma parte de #Polivulgadores de Café Hypatia en su edición de septiembre de 2020. En esta ocasión polivulgamos sobre #PVlímites.

 

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La matrioshka cortical

El pequeño hombrecito era desgarbado, de pecho pequeño, brazos diminutos, mentón y labios prominentes y hombros cortos. De cualquier forma, eran sus manos el rasgo más llamativo de todos. Unas manos inusualmente grandes y dedos desorbitados.

El Dr. Penfield contemplaba absorto al hombrecito a través del folio que había garabateado. ¿Llegaría a tener consciencia? Ese hombrecillo parecía dominar la corteza del cerebro, donde reside la manera en que percibimos y cómo nos movemos. ¿Sería nuestra relación con el mundo nada más que un reflejo del funcionamiento de ese hombre desproporcionado?

¿Y si dentro de nosotros existieran a su vez otros, que nos gobernaran? ¿Y si ese hombrecillo a su vez estaba regido por otro hombrecillo subyacente, a su vez subordinado a las acciones de otros microhombrecillos más profundos en su interior?

El Dr. Penfield retiró la vista para descansar sus ojos, la alejó del escritorio y la dirigió a su estantería donde le devolvió la mirada una figurita de ojos demasiado grandes y labios demasiado pequeños. Los mofletes rosados eran igualmente desproporcionados respecto al tamaño de su cara y carecía de brazos. Lo más imponente es que, aunque pareciera una entidad en sí misma, sabía que no era más que la crisálida de otra muñeca interior.

El Dr. Penfield vio por primera vez su muñeca rusa y sintió el vuelco que produce el vacío.

El neurocirujano canadiense Wilder Penfield trabajó en la neuroestimulación tratando de explicar y curar la epilepsia, entre otras enfermedades neurológicas hacia mitad del siglo XX. Basado en sus investigaciones descubrió que en la corteza cerebral existe un área que constituye el mapa sensorial de todo nuestro organismo. Se trata de un conjunto de neuronas que reflejan la sensibilidad de cada una de las partes de nuestro cuerpo.
Bajo la premisa de que las partes del cuerpo contiguas, también tenían asociadas áreas contiguas de la corteza cerebral, Penfield decidió representar esta área como si se tratara de una figura humana, dando lugar al homúnculo de Penfield”. Un humanoide de dimensiones desproporcionadas, en los que las partes del cuerpo con mayor capacidad sensorial son más grandes. Una figura de manos gigantes y labios gruesos, un hombre de cabeza grande y brazos delgados sería el responsable de toda la información sensorial del organismo. Incluso más, también existiría un homúnculo motor, otro hombrecito análogo responsable de toda la motricidad.

(lamenteesmaravillosa.com)

Aunque la teoría del homúnculo no ha sido ampliamente estudiada, es una de las pocas que permiten explicar hallazgos como el síndrome del miembro fantasma. Un cuadro en el que tras la amputación de un miembro, o parte de él, la persona sigue teniendo sensibilidad en un lugar que ya no tiene. El responsable es ese homúnculo cerebral que no ha sido cercenado. La actividad de las neuronas del homúnculo hacen que no dejemos de sentirlo a pesar de no estar allí.
El homúnculo es dinámico e individual. No tiene la misma apariencia en un bebé o en un adulto. Y tampoco tiene las mismas proporciones en un pianista (cuyo homúnculo tendrá unas manos propias del increíble Hulk) o en un futbolista (cuyo homúnculo tendría serios problemas para encontrar unos zapatos de su talla).
Nuestra relación con el mundo, nuestros movimientos y sensaciones provienen de dos hombrecillos de aspecto desagradable que cambian con el tiempo y las actividades que realicemos. Una prueba más del dinamismo, la plasticidad y la enorme complejidad que guarda nuestro órgano más preciado, el cerebro.

Representación de los homúnculos corticales, sensorial y motor (las partes del cuerpo con mayor sensibilidad o motricidad son representadas más grandes) (neuromas.weebly.com)

Esta entrada forma parte de #Polivulgadores de Café Hypatia en su edición de agosto de 2020. En esta ocasión polivulgamos sobre #PVneurociencia.

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Gracias a la extinción

¡Pues sí! Al final resulta que ni todo es 100% bueno ni 100% malo, que vivimos en un mundo lleno lleno de paradojas, más allá de gatos medio fantasmas encerrados en cajas que no podemos abrir. ¡Pues sí! La vida está plagada de grises, matices, colores y puntos de vista.

La muerte deja sitio a la vida. La vida no es concebible sin la muerte. Estamos aquí porque muchos otros antes que nosotros nacieron y murieron. Hay alimento para nosotros porque ellos dejaron de comer. Y son sus mismos átomos los que nos componen. No podría existir en nosotros el orden, si ellos no hubieran sido dominados por la inexorable entropía, de la misma manera que no existe el Cosmos sin Caos.

La muerte no sólo es un mecanismo de reciclaje de material para la vida. También es un mecanismo de formación. La evolución que genera y mejora las especies, haciéndolas más adaptadas al medio, funciona en base a dos grandes motores. El primero es la inestabilidad genética. La recombinación genética debida al sexo y las mutaciones son el primer motor, del que resultan nuevos caracteres, el que genera nuevos experimentos. De otro lado, la extinción es el segundo motor, el verdadero filtro, el que retira los “experimentos fallidos” para dejar lugar a los nuevos. Somos el fruto de cierta variabilidad y muchas extinciones.

La hemoglobina de la sangre es una proteína treméndamente compleja, fruto de la evolución, capaz de transportar oxígeno y dióxido de carbono gracias a un átomo de hierro. Ya sabemos que una falta de hierro en la sangre es foco de algunos problemas clínicos. El hierro es ese metal que lleva oxígeno a todas las células del organismo.

El hierro es ese metal que sólo es sintetizado en el núcleo de algunas estrellas, unas muy especiales. Únicamente cuando una estrella está en los albores de su extinción produce hierro. Lo último que hace una estrella antes de morir, es brindar el metal del que depende la vida. El final es de sobra conocido. No es un apagamiento progresivo de la vida, más bien al contrario. Una explosión colosal en la que toda la energía de la estrella se libera de un golpe.

La extinción es una fuerza regeneradora, que trae consigo la fusión de nuevos elementos a los que llamamos plata, platino y oro. No en vano los llamamos “metales preciosos”, quizás porque no hay nada más bonito que ser gracias a lo que ya fue.

Porque no llevamos anillos de oro, sino los restos de estrellas gigantes. Porque estamos hechos del material que hizo a nuestros antepasados. Porque habitamos en lugares y comemos la comida que otros antes gozaron gracias a que ellos dejaron de usar esos recursos para que los usáramos nosotros. Porque si, a fin de cuentas, somos polvo de estrellas… es gracias a la extinción.

(Luis abrió los ojos, sorprendido, al final del trayecto del metro. Hacía cuatro paradas que tenía que haber bajado y, de nuevo, llegaba irremediablemente tarde. Y es que no había nada más difícil de extinguir que un pensamiento recurrente)

Crédito: (www.eluniversal.com.mx)

Esta entrada forma parte de #Polivulgadores de Café Hypatia en su edición de julio de 2020. En esta ocasión polivulgamos sobre #PVextinción.

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Un retrato alfamétrico

Amperio. Unidad de intensidad de corriente eléctrica. La corriente eléctrica que discurre por dos cables paralelos y separados genera una fuerza de atracción o repulsión. Cuando los dos cables están separados por un metro y la fuerza que se genera entre los dos cables es de 2×10-7 N se dice que la intensidad de esa corriente es de 1 amperio (1 A).

Belio. Unidad para expresar la relación de intensidad que existe entre dos fuentes de sonido o presión sonora, utilizando un valor de referencia. El valor de referencia es el sonido más débil que puede oír el oído humano (0 belios). La escala es logarítmica, de manera que si un sonido tiene 1 belio de intensidad, significa que es 10 veces más fuerte que el valor de referencia. 2 belio significa que es 100 veces más potentes que el valor de referencia. Rápidamente esta escala se hace impracticable en el mundo cotidiano, por eso utilizamos un divisor del belio, el decibelio.

Candela. Una de las 7 unidades básicas del Sistema Internacional. Sirve para medir la intensidad de luz en una dirección determinada. Una vela tiene una intensidad de aproximada de 1 candela (1 cd) y una lámpara incandescente de 100 W, suele tener una intensidad de 130 cd.

Denier.D Denier. Es una unidad del Sistema Inglés de medidas que se utiliza para medir la densidad lineal de fibras en la industria textil. Si 9000 metros (9 km) de fibra de un tejido pesan 1 gramo, significa que ese tejido tiene una densidad de 1 Denier (1 Den = 1 g por 9000 m). Los Denier se utilizan para medir la densidad de las medias, y determinan su opacidad. A mayor número de Denier, más tupidas y opacas.

Densidad de las medias medida en Denier (irenegrupo.com)

Electronvoltio. La cantidad de una energía cinética que necesita un electrón para moverse de un punto a otro, cuando la diferencia de potencial entre los dos puntos es de un voltio. Es una manera de medir la energía, aunque es tan pequeña que a menudo se suele usar múltiplos de la misma, como el Megaelectronvoltio (MeV), es decir, 1 millon de electronvoltios.

Frigoría. Se simboliza como fg y hace referencia a la cantidad de energía que hace falta para bajar 1 ºC la temperatura de un gramo de agua. En realidad no es una medida oficial, aunque esté aceptada por la RAE. En realidad, la oficial es la caloría: cantidad de energía para aumentar 1 ºC una masa de 1 g de agua. La frigoría es su equivalente negativo.

Gramo. La unidad por excelencia para medir la masa. Inicialmente, un gramo era la masa de un centímetro cúbico de agua a 3,98 ºC. Hoy día, el gramo es la milésima parte de un kilogramo (1 Kg), cuyo patrón es un cilindro de platino e iridio de 36 mm de altura.

Hercio. Unidad de frecuencia que toma el nombre de Heimrich Rudolf Hertz, quien descubrió la propagación de las ondas electromagnéticas. 1 Hercio (Hz) es un “ciclo por segundo”. Si una onda oscila 10 veces en un segundo, decimos que tiene una frecuencia de 10 Hz. Lo que ocurre es que las ondas electromagnéticas oscilan muchas más veces en un segundo, por eso solemos hablar de megahercios (MHz) o gigahercios (GHz). Estas unidades se ven en los diales de las radios (añoranza modo ON, jejej). Por ejemplo, la banda de la radio FM va desde los 87,5 MHz a los 108 MHz. Es más, el dial de cada radio no es más que la frecuencia a la que emiten. Si “Onda Cero se sintoniza en el 98.0”, significa que esa emisora emite ondas que oscilan 98 millones de veces cada segundo (98 MHz).

ISO. El Sistema Internacional de Magnitudes, creado en 1960, está normalizado desde el año 2006 a través del estándar internacional ISO/IEC 80000, una guía de estilo para la utilización de unidades de medidas y magnitudes físicas. Esta misma ISO/IEC 80000 regula los símbolos de los elementos quimicos y los símbolos y signos matemáticos.

Julio. El la medida oficial de energía, no el electronvoltio. El julio (J) es la cantidad de energía para ejercer una fuerza de 1 Newton (N) a lo largo de un metro de longitud.

Kelvin. Unidad de temperatura absoluta, en honor a su creador, William Thomson, Lord Kelvin. La temperatura es una magnitud de la cantidad de movimiento de las partículas (átomos, moléculas,…) de manera que a mayor movimiento (energía), mayor temperatura. Cuando vamos enfriando un material, lo que hacemos es “frenar” el movimiento de sus átomos o moléculas. Esto tiene un límite, en el que dichas partículas quedarían totalmente estáticas. En ese momento (hipotético), se dice que la temperatura es de 0 kelvin (0 K), o que se ha alcanzado el “cero absoluto”. En la escala de Kelvin, por tanto, no existen los valores negativos.

Lumen. Al igual que la candela (cd), es una unidad de intensidad luminosa. De hecho, una fuente de luz tiene un lumen (lm) si emite 1 candela (1 cd) en un ángulo sólido de un estereorradián. La intensidad de las bombillas y luces LED suele medirse en lúmenes o en lux (1 lux = 1 lumen/m2).

Metro. Otra de las unidades de medida básicas del Sistema Internacional, en este caso para medir la longitud. Hasta 1889, un metro era la diezmillonésima parte de la mitad de un meridiano. Es decir, imagina la distancia entre el Polo Norte y el Ecuador, sobre la superficie de la Tierra. Divide esa distancia en 10 millones de segmentos iguales, y cada uno de esos segmentos es un metro. Por tanto, para conocer con exactitud la longitud de un metro, había que conocer con exactitud el tamaño de la Tierra. Hoy día, tenemos una definición más exacta y no dependiente de otras mediciones. Desde 1983, un metro es la distancia que recorre la luz en el vacío durante 1/299.792.458 segundos. Recuerda que la velocidad de la luz en el vacío es constante a 299.792.458 m/s.

Semimeridiano terrestre, utilizado para determinar la longitud del metro (wikiwand.com)

Newton. Según la primera ley de Newton, un cuerpo al que no se le aplica fuerza ninguna (inercia) quedará de forma perpetua en estado de reposo o a velocidad constante. Cuando aplicamos una fuerza, los cuerpos aceleran o deceleran (según si la fuerza va a favor o en contra del movimiento). Imagina la cantidad de fuerza que deberías hacer para coger una masa de 1 Kg y acelerarla 1m/s2 (hacer que pase de reposo a 1 m/s en un segundo, o de 36 a 37 m/s en un segundo). No es mucho, pero esa cantidad de fuerza que hay que aplicar es… 1 Newton (1 N), la unidad de medida oficial de fuerza según el Sistema Internacional de Medidas.

Ohmio. Es la unidad de la resistencia que opone un material a que pase la corriente eléctrica por él. El ohmio se define como la la resistencia eléctrica de una columna de mercurio de 106,3 cm de altura y 1 mm² de diámetro a una temperatura de 0 °C.

Pascal. Muchas unidades surgen de relaciones con otras unidades. Es el caso del Pascal, una unidad de presión que se define como la presión que ejerce una fuerza de 1 Newton, sobre una superficie de 1 metro cuadrado, dos unidades que forman parte de este retrato alfamétrico.

Quilate. Esta palabra proviene del griego “keration”, que significa algarroba. Las semillas del algarrobo eran tan uniformes en peso y tamaño que se usaban para medir gemas y joyas. Luego los árabes lo trasnformaron en “quirat”, y de ahí se adaptó al castellano como “quilate”. Hoy se utiliza como unidad para medir la pureza del oro en una aleación. Un quilate es la veinticuatroava parte (1/24) de la masa total de la aleación que es oro. Si una aleación tiene 12 quilates, significa que el 12/24 (50%) de su masa total es oro. Por eso, el oro de 24 quilates, es “oro puro”.

Radián. Un radián es la unidad de medida de un ángulo con vértice en el centro de un círculo cuyos lados son cortados por el arco de la circunferencia, y que además dicho arco tiene una longitud igual a la del radio. Hay veces que una imagen vale más que mil palabras… y la definición del radián es una de ellas.

Radián (wikipedia.org)

Segundo. Hemos dicho que la radiación electromagnética oscilaba una cantidad de veces determinada por unidad de tiempo, que eso se llamaba frecuencia y que se medía en hercios. Por otro lado, los átomos emiten radiación electromagnética (con una frecuencia determinada) cuando cambian de estado. Eso le ocurre por ejemplo al átomo de Cesio 133, cuando pasa de uno a otro de los dos niveles hiperfinos de su estado fundamental a una temperatura de 0 Kelvin. El cambio de uno a otro produce la emisión de radiación electromagnética. Ahora piensa en la cantidad de tiempo que tarda esa radiación concreta en oscilar 9.192.631.770 veces (¡más de 9 mil millones!). Esa cantidad de tiempo es 1 segundo.

Tesla. Es una unidad para medir la densidad de un campo magnético. Un campo magnético de 1 tesla (1 T) será capaz de generar una fuerza de 1 Newton sobre una carga de 1 coulombio (1 C) que se mueve a 1 m/s de velocidad. Otro ejemplo más de unidades que se definen a partir de otras unidades previas, que a su vez nacieron de otras. (¿Se podría hacer un árbol genealógico de unidades de medida?)

Unidad Astronómica. Es la distancia del Sol a la Tierra, equivale a 149.597.870,7 Km (casi 150 millones de Km!) y la luz tarda en recorrer esta distancia algo más de 8 minutos. Este valor es un valor promedio, ya que la distancia entre la Tierra y el Sol varía en los distintos puntos de su órbita. El punto en que la Tierra está más cerca del Sol se llama Perihelio (147,1 millones de Km), mientras que el punto en que la Tierra está más lejos del Sol se llama Afelio (152,1 millones de Km).

Watio. También se escribe “Vatio” y es una unidad de potencia eléctrica. Una fuente eléctrica tendrá 1 vátio de potencia (1 W) si es capaz de generar una energía de 1 julio (1 J) por cada segundo de tiempo. Las bombillas que generan 60 julios/segundo, solemos decir que son “bombillas de 60 W”.

X unidad. La unidad X (xu) o Siegbahn es una medida de longitud para una escala muy pequeña. Se utiliza para medir longitudes de onda de radiaciones muy energéticas (Rayos X y gamma). Una unidad X equivale aproximadamente a 0,1 picómetro, o lo que es lo mismo, la diez-mil-millonésima parte de 1 milímetro. Seguro que Rosalind Franklin estaba muy familiarizada con esta unidad, que se utiliza para medir los rayos X que se usan en cristalografía.

Yarda. Unidad de longitud del Sistema Inglés. Una de las curiosidades de esta unidad es que está basada en las proporciones del cuerpo humano definidas por Vitrubio. La yarda es la mitad de la longitud de los brazos extendidos. Una yarda son unos 91,4 cm. Ahora puedes medir la distancia de tus brazos extendidos. Si te salen unas 2 yardas estás de enhorabuena… eres tan proporcionad@ como el hombre de Vitruvio!

Zak. Unidad alemana de volumen. Es aproximadamente igual a 100 litros (hectolitro). Otras unidades de volumen son los galones o los pies cúbicos. Esta unidad es derivada del “sack” inglés, pero el sack es una medida de masa (224 libras), no de volumen. Curiosidades curiosas de las unidades de medida.

Esta entrada forma parte de #Polivulgadores de Café Hypatia en su edición de junio de 2020. En esta ocasión polivulgamos sobre #PVMedir.

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Geología confinada

Alberto es geólogo, una especie en extinción. Una de esas personas que tiene un sentido especial, de los que no ven piedras, sino que ven trocitos de la historia de la Tierra como si fueran retazos de papel de una hoja suelta con varias letras que, aparentemente, no tienen sentido. Ese es el trabajo de Alberto, recoger trocitos de papel tratando de reorganizar el gran libro que es la historia de nuestro planeta.

O era… porque desde luego el hábitat natural de Alberto no era la casa, donde se encontraba hacía casi dos meses a causa de un confinamiento impuesto debido a una epidemia de nosequé virus. Al parecer una historia de controlar nosequé curva le mantenía encerrado en casa. Ni se había molestado en limpiar el pico que siempre le acompañaba, pues esperaba volver a darle uso muy pronto. Allí en casa no podía hacer nada.

Desde el sillón donde solía hojear sus libros, tenía acceso visual a la estantería donde coleccionaba libros de Petroquímica y Mineralogía, junto con algunas novelas que siempre le habían inspirado. Siempre esbozaba esa sonrisa interior cuando se topaba con Julio Verne. “Viaje al centro de la Tierra” había sido su primer libro. Y entre libros variopintos y minerales refulgentes y lustrosos también había un par de fotografías enmarcadas.

Una de las fotografías mostraba a Alberto, con gorro y su inseparable pico, empequeñecido por un gigante cónico al fondo, un titán cuya furia era conocida en todo el globo. Por fortuna, cuando Alberto estuvo en Indonesia, en un pequeño archipiélago entre las islas de Sumatra y de Java, el volcán Krakatoa dormía plácidamente.

Alberto sentía fervor por las zonas geológicamente activas del planeta, como se les solía llamar. “Como si hubiera alguna zona que no fuera geológicamente activa”, solía pensar él. De todas ellas, el Cinturón de Fuego era su favorita. Una banda continua que contorneaba toda la costa del Pacífico, de sur a sur, de Nueva Zelanda casi hasta Tierra del Fuego, una carretera de volcanes y terremotos que suponía una pesadilla para arquitectos y hacía las delicias de geólogos como Alberto. El Krakatoa era uno de esos puntos calientes del Cinturón de Fuego.

Allí, sobre el mar, estaban aquellos volcanes que los turistas ansiaban, hacíendo fotos al cono lejano, sin reparar en el suelo que pisaban. Un suelo que hacía poco estaba bajo el mar. Lo de “hacía poco” era algo con cierto sentido entre los de su gremio. Lo que maravillaba a Alberto no era lo que había sobre el mar, sino precisamente enterrado bajo el agua. Sentía un cosquilleo en los dedos de los pies y casi sentía una pequeña vibración al saber que lo que tenía un poco más debajo de sus suelas era una auténtica zona de subducción.

El Cinturón de Fuego era la consecuencia, la causa no era otra que la tectónica de placas. A Alberto le gustaba imaginar que las placas tectónicas eran como balsas de madera flotando a la deriva sobre el agua. Esas placas se deslizaban sobre el manto terrestre, que hacía de agua. Cuando una de esas placas tectónicas chocaba con otra, se producían cosas “interesantes”, al menos desde un punto de vista geológico.

Las zonas de subducción, que se producían cuando una placa de la litosfera se hundía frente a otra placa eran lugares mágicos. Hay quien piensa que son lugares de destrucción, y en parte lo son. Pero para Alberto eran lugares de construcción también.

Imagina el choque colosal, lento pero colosal, entre una placa que constituye todo el Pacífico y otra placa que está formada por todo Eurasia. Las zonas de subducción eran exáctamente eso, zonas donde se liberaba toda esa energía del choque, zonas de altísima presión y temperatura.

Subducción

De esa energía nacían volcanes, como el Krakatoa. Las zonas de subducción eran la gasolina que mantenía vivo al Cinturón de Fuego. ¿Imaginas las condiciones a la que están sometidas las rocas que sedimentarias en la zona de subducción? Exacto, condiciones de presión y temperatura tan enormes, que los minerales que formaban estas rocas se fundían, cambiándolas para siempre. Una metamorfosis que no sólo cambiaban su composición sino también su nombre. En las zonas de subducción las rocas entraban siendo sedimentarias, pero acababan convertidas en rocas metamórficas.

Eso es lo que buscaba Alberto, esas rocas nuevas, transformadas en un lugar tan profundo y especial como una zona de subducción. El basalto (roca sedimentaria) se podía transformar en esquisto (metamórfica). Y una roca tan lábil como la arenisca (sedimentaria) se hacía fuerte y dura en aquel proceso, transformándose en cuarzo. Las rocas metamórficas se habían forjado en una especie de infierno a presión. Las que Alberto recogía eran algunas de las que habían escapado de aquel infierno al rojo vivo, también consecuencia de la danza de placas.

Revoloteando entre aquellos pensamientos, Alberto llevaba unos minutos mirando al suelo de su estudio, esas baldosas de mármol claro con betas de colores marrones y negr…. ¡UN MOMENTO!

¡El mármol! La caliza es una roca sedimentaria que un día visitó una zona de subducción y sufrió la metamorfosis. Perdió la opacidad para ganar translucidez y brillo, perdió el aspecto grosero para convertirse en una roca nueva, con ciertos matices del lujo. ¿Te imaginas el Taj Mahal cubierto de caliza? ¿Te imaginas a Miguel Ángel tallando el David en caliza?

De alguna manera así fue. Pero de una caliza especial, que un día visitó una zona de subducción y ahora se llamaba mármol. ¿Cómo era posible que simplemente cambiando la organización de los cristales minerales una roca cambiara tanto?

metamorfosis

Había distintos tipos de mármol, no sólo los que se generaban resultado de la transformación de la caliza. La dolomita también se metamorfoseaba en mármol. Evidentemente, el color y propiedades eran diferentes. ¿Y si la caliza original que llegó a la zona de subducción no era carbonato cálcico puro? Esos otros minerales también eran transformados en otros, que quedaban incrustados unos con otros. Mientras pensaba en todo esto, Alberto recorría las oscuras dentro de las baldosas claras del suelo de su estudio. ¿Serían de cuarzo? ¿Mica? ¿Pirita? En principio no sabía, pero no tardaría en averiguarlo todo. Había encontrado material de estudio en mitad del confinamiento a causa de nosequé historia de un virus y una curva.

Alberto respiró aliviado. Después de todo… no estaba tan lejos de su hábitat natural.

Esta entrada forma parte de #Polivulgadores de Café Hypatia en su edición de mayo de 2020. En esta ocasión polivulgamos sobre los #PVGeología.

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La mirada del ángel

Definitivamente nunca sería una persona reconocida. Hacía tiempo que se había resignado a aceptarlo. No al menos en una ciudad como aquella, donde la política, arte y ciencia se entreveraban de forma armoniosa como lo hacían las notas de un acorde cuando rebotaban en las paredes de los edificios que franqueaban la Piazza de la Signoria.

De entre sus palacios, sus casas y talleres nacían obras de arte de la pintura, la escultura y la escritura como nacen las coloridas flores cada primavera. No en vano, los romanos la bautizaron como la ciudad del florecimiento, Florentia.

Hacía días que el cielo de Florencia estaba dominado por nubes grises y tormentosas que arreciaban las calles. Aquella mañana, sin embargo, el Sol se había abierto camino concediendo una tregua a las gentes florentinas. Andrea se encaminaba al mercado ataviado de un gorro pues la luz trémula que en parte le aportaba una confortable calidez también le hacía presagiar que el lujo duraría poco.

Iba absorto en sus pensamientos, trataba de hacer recuerdo de los tintes que le quedaban en el taller y cuales eran los que debía comprar en el mercado. Un poco de fruta tampoco vendría mal. De vez en cuando volvía en si pensando que alguien lo miraba de reojo, como si hablaran de él. ¿Estarían hablando de él? ¿Lo habrían reconocido? Quizás…tal vez… no importaba. Definitivamente nunca sería una persona reconocida.

El trance de su caminar aletargado fue interrumpido de forma súbita.

—¿Andrea?… ¡Andreaa!— escuchó con el tiempo justo para girar la cabeza y descubrir a quien ya lo había descubierto. Se alegró de encontrar a su buen amigo Luciano.

—¡Luciano, querido amigo, qué alegría verte!— Su interlocutor era más que un amigo. Con el paso de los años se había convertido en una especie de consejero o confidente, con el que trataba no sólo algunos temas personales sino también los últimos avances y encargos de su taller de pintura.

—¿Vas a por tinturas al mercado?— le adivinó el pensamiento a Andrea

—¡Eso mismo! Tintes y comida… las únicas necesidades terrenales que puede tener un humilde pintor.— Andrea del Verrocchio no era tan humilde. Después de todo, había conseguido un puesto en la corte de Lorenzo de Médici, el Magnífico. —Luciano … ¡Tienes que venir al taller a ver la nueva obra que hemos terminado! Se trata de un encargo para la Iglesia de San Salvi y me gustaría contar con tu opinión.

El momento en que Luciano sabía que iba a ver una de las obras del taller de su amigo Andrea recién acabada lo embriagaba de la emoción. Nunca había sido padre pero pensaba que así debería ser la paternidad, siendo el primero en observar la obra que acaba de llegar al mundo.

—Sabes que yo no ejerzo la pintura con la destreza tuya y de tus pupilos… pero será un placer, como siempre— respondió Luciano agradecido.

—De eso precisamente quería hablarte…— dijo finalmente Andrea de forma misteriosa como si desde aquella distancia pudiera ver aquella pintura frente a frente.

Luciano siempre miraba al suelo cuando entraba al taller de Verrocchio. Sentía que cruzaba el umbral a la estancia sagrada donde nacían las obras de arte. Sabía que algo imponente le esperaba dentro y quería tomar conciencia.

Dentro se hallaban, como casi siempre, algunos de los discípulos de Andrea trabajando. Ya conocía a algunos de ellos de visitas anteriores: Lorenzo, Pietro, Alessandro,… Todos ellos le saludaron con un sonoro “Buenos días, Señor Cagnassi”. Aquellos jóvenes no eran refinados sólo con el pincel. También tenían cuidadosos modales.

Conforme Luciano llegaba al borde de Andrea, este destapaba el lienzo que había sido cubierto con una tela con el fin de protegerlo de las impurezas que flotaban en el aire del taller. Luciano examinó la obra con detenimiento.

Estaba ante una escena del bautismo de Cristo a manos de Juan el Bautista en la orilla del rio Jordán. El evento se había realizado ante los ojos de Dios y de dos ángeles que aguardaban en la esquina inferior izquierda de la estampa. Luciano recorría cada detalle de la escena. Para él era una especie de juego divertido en el que intentaba adivinar si los detalles que iba encontrando habían salido de la mano de su amigo o de alguno de sus discípulos.

El pintor, conocedor de las aficiones de su amigo, no medió palabra y se limitó a apuntar con su dedo directamente a una de las figuras del lienzo. Uno de los ángeles, arrodillado en la orilla del río, con cara redonda y cabellos largos y dorados no dejaba de mirar a Cristo.

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“Bautismo de Cristo” (1475), Andrea del Verrocchio (Galería Uffizi, Florencia)

Tuvo que mirarlo dos veces para darse cuenta que el estilo con el que aquel querubín había sido plasmado no tenía nada que ver con su amigo Verrocchio, ni siquiera con Alessandro, uno de sus mejores discípulos que más tarde acabaría siendo recordado como Sandro (Boticelli). La textura de la epidermis era mucho más suave, la rojez de sus mejillas era mucho más natural. La figura miraba a Cristo con la inocencia que es propia de los ángeles y, sobre todo, le fascinaba el juego de luces y sombras que caían sobre sus ropajes y su melena rizada.

Esa figura pequeña era en si misma una pequeña obra de arte que había conseguido emular perfectamente no sólo la piel pulida del infante, sino el dinamismo en los gestos. De la mirada de aquel niño parecía brotar la luz y toda la vida del cuadro.

Tardo unos instantes en darse cuenta que su fascinación también se extendía a Andrea, y eso probaba que el dichoso angel no había nacido de sus pinceles. Ambos miraban la figura como quien mira a un fantasma. Ahora Luciano no podía dejar de preguntarse quién era el autor de semejante maravilla. Finalmente se atrevió a preguntarle.

Andrea, sin terminar de recobrar el aliento, dirigió su dedo hacia uno de sus discípulos más jóvenes, un adolescente que estaba entretenido en una mesa trabajando en un borrador con la mirada perdida. No reparaba en que había dos adultos que no le quitaban ojo desde el otro lado del taller.

—Se llama Leonardo— remató Verrocchio.

 

Esta entrada forma parte de #Polivulgadores de Café Hypatia en su edición de abril de 2020. En esta ocasión polivulgamos sobre los #PVLeonardo.

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Las palomas que valieron un premio Nobel

El pasado 20 de mayo se celebró el 55 aniversario del “descubrimiento” de Arno Penzias y Robert Wilson de la radiación cósmica de fondo (o fondo cósmico de microondas, como les gusta decir a los estadounidenses).

Al inicio de la segunda década del siglo XX, en plena Guerra Fría, los Laboratorios Bell (Holmdel, New Jersey) era considerado un reputado centro de investigación en el ámbito de las telecomunicaciones. El desarrollo de las comunicaciones a larga distancia iba a suponer un hito importante no sólo en la carrera armamentística entre el bloque capitalista y comunista, sino también en la recién estrenada carrera espacial desde el lanzamiento del Sputnik 1, en 1957. Fue precisamente este primer gran éxito espacial soviético uno de los agentes catalizadores para la fundación de la National Aeronautics and Space Administration (NASA), de manos del presidente D.D Eisenhower, en 1958.

Precisamente, uno de los primeros objetivos a desarrollar en la NASA era la puesta en órbita de satélites de comunicaciones que permitieran comunicaciones intercontinentales y extraterrestres: lo primero suponía una gran ventaja estratégica de cara a una futura guerra y lo segundo era un requisito indispensable antes de dar los primeros pasos fuera de la Tierra. Para ello, uno de los primeros intentos de la NASA era el Proyecto Echo.

Satélite de comunicaciones pasivo Echo en el Langley Researh Center, Virginia, USA. (nasa.gov)

El Proyecto Echo estaba constituido por dos satélites de comunicaciones pasivos (Echo 1 y Echo 2). Básicamente estos satélites eran grandes balones (por eso, también se les conoce como “satellons”) de mylar de más de 30 metros de diámetro cuya superficie estaba metalizada para actuar como reflectores de microondas entre una estación terrestre emisora y otra receptora. Aunque muy arcaico, este sistema permitió la primera comunicación mediante microondas entre el Jet Propulsion Laboratory o JPL (Pasadena, California) y los Bell Laboratories (Holmdel, New Jersey) en 1960. Obviamente, este proyecto cayó rápidamente en desuso dejando paso a la siguiente generación de satélites activos como los Telstar. El inconveniente de estos primeros satélites es que los sistemas de transmisión y recepción no eran muy potentes, por lo que se necesitaba de grandes antenas en la Tierra.

Una de las antenas diseñadas por los Bell Laboratories es la que se encuentra en Holmdel, New Jersey. Con una apertura de 26 m2, esta antena de bocina fue construida en 1959 como estación receptora para comunicaciones con microondas. El mantenimiento, la monitorización y la caracterización del comportamiento de estos receptores eran muy importantes, dada la poca intensidad de señal recibida. Y este era el trabajo de los físicos estadounidenses Arno Penzias (1933) y Robert Woodrow Wilson (1936). Su labor consistía la eliminación de cualquier fuente de ruido que pudiera interferir con las comunicaciones. Para ello tuvieron que eliminar toda la radiación procedente de radiodifusión, de RADAR e incluso la radiación por calor, para lo que tenían que refrigerar el receptor de alta sensibilidad hasta los 4 K, mediante helio líquido.

Robert.W. Wilson (izquierda) y Arno Penzias (derecha). Al fondo aparece la antena de Bell Laboratories, New Jersey, USA. (knowthecosmos.com)

En 1964, el trabajo de estos radioastrónomos se vio obstaculizado por la aparición de un ruido de fondo isotrópico correspondiente a 3,5 K (un ruido constante de microondas que era igual en todas direcciones, independiente de hacia dónde apuntaran la antena). ¿Era el ruido de la propia Vía Láctea? Improbable, pues era demasiado débil; ¿Era el ruido de fondo de Nueva York? No podía ser, porque no había diferencias de intensidad entre distintas posiciones de la antena, era un ruido isótropo. Convencidos de que la extraña interferencia era un artificio, estuvieron un año probando todo tipo de cosas: revisaron todo el sistema eléctrico, desmontaron y volvieron a montar todos los elementos, comprobaron circuitos, limpiaron enchufes, pusieron cinta aislante en todas las juntas y los remaches de la antena…

Según Penzias y Wilson, después de darle muchas vueltas, la “interferencia” no era más que un artefacto producido por el “material dieléctrico blanco” que se depositaba en la superficie de la antena. (El “material dieléctrico blanco” es el término que usó Penzias para referirse a los excrementos de paloma.) Ellos mismos se encargaron de limpiar a fondo la famosa antena una y otra vez en sus intentos por eliminar el dichoso ruido en sus grabaciones, posteriormente publicaron un artículo titulado “A Measurement of Excess Antenna Temperature at 4080 Mc/s” en Astrophysical Journal en 1965, en el que describen sus mediciones.

Finalmente, acabaron pidiendo ayuda a Robert Henry Dicke (1916-1997), un físico de la Universidad de Princeton, que dirigía un grupo de investigación que estaba trabajando en una idea que había propuesto el astrofísico de origen ruso George Gamow (1904-1968) ¡veinte años antes! Gamow propuso que, si la teoría de la Gran Explosión era cierta y se miraba con suficiente profundidad, se encontrarían los restos de radiación de aquella explosión, “el ruido que la explosión dejó reverberando por todo el espacio”. Incluso, en otro artículo posterior, Gamow propuso la antena de Holmdel como instrumento apropiado para confirmar o denegar esta hipótesis. Por desgracia, ni Penzias, ni Wilson, ni Dicke llegaron a leer el artículo.

En cuanto Dicke escuchó la explicación de los dos jóvenes físicos entendió rápidamente que habían encontrado de forma fortuita, lo que su equipo llevaba buscando durante años. La “interferencia” que tanto molestaba a Penzias y Wilson no era tal, sino que era una radiación residual que inundaba todo el espacio por igual (isotropía) y que procedía de la explosión primigenia, constituyéndose así la primera prueba que apoyaba la teoría del Big Bang propuesta por el sacerdote belga Georges Lemaître (1894-1966) en 1931 y que aún hoy sigue vigente. Robert Dicke publicó la explicación del fenómeno también en Astrophysical Journal.

Placa conmemorativa en las cercanías de la antena de Holmdel en la que Penzias y Wilson detectaron por primera vez el Fondo Cósmico de Microondas. (imagict.com)

Detectar el Fondo Cósmico de Microondas (FCM), que es el nombre de esta radiación residual, suponía “ver” los primeros fotones —la primera luz— del universo, dando por tanto un salto de gigante en el conocimiento de la dimensiones del cosmos. En El universo inflacionario de Alan Guth aparece un símil que puede ayudarnos a entender esto: Imagina que estudiar la profundidad del universo sea algo parecido a mirar hacia abajo desde la planta 100 de un rascacielos (la planta 100 es el momento actual y el nivel de la acera de la calle es el momento del Big Bang). Previo al descubrimiento del FCM, las galaxias más lejanas observadas estaban en la planta 60 y los quásares (los objetos más lejanos), cerca de la planta 20. El descubrimiento del FCM situaba nuestro universo visible a algo más de un centímetro del suelo.

Sin embargo, Penzias y Wilson no fueron los primeros que escucharon la radiación residual. Poco más de un año antes, los científicos rusos Andrei Doroshkevic e Igor Novikov  propusieron que una de las formas de corroborar el origen explosivo del universo era detectar el calor remanente de la explosión en forma de una radiación que debía estar entre 1 y 10 K. De hecho, pretendían usar los datos de temperatura del espacio que habían sido obtenidos por Edward Ohm en 1961. Casualmente, los datos de Ohm fueron tomados ¡desde la misma antena de Holmdel! Y él mismo identificó en aquellas mediciones una radiación de fondo de 3,3 K la cual fue desestimada al pensar que era una interferencia propia de la antena. De hecho, probablemente, el mayor mérito de Penzias y Wilson fue los grandes esfuerzos que hicieron por “limpiar” lo mejor posible las señales recibidas, eliminando cualquier artificio posible; lo que les aseguraba que aquella radiación de 3,5 K no era un error técnico y que provenía del espacio (aunque no supieran el qué).

Y no fueron los únicos: en 1955, Émile de Roux captó una radiación de fondo de microondas equivalente a unos 3 K desde Nançay Radio Observatory; Y en 1957, Tigran Shmaonov también detecto una radiación similar a una temperatura de unos 4 K. En esto últimos casos, los datos eran correctos, pero sus autores no “enfrentaron” sus datos con lo que se derivaba de la teoría del Big Bang. Por lo que podemos extraer una valiosa lección: en Ciencia, además de ser cauteloso y preciso a la hora de la toma de datos (el error de Ohm), también hay que saber interpretarlos y ponerlos en concordancia con las hipótesis disponibles (el error de de Roux y de Shmaonov), y, por supuesto, un poco de suerte para estar “en el sitio adecuado, en el momento adecuado”… concretamente a 50 km de la Universidad de Princeton (la fortuna de los dos físicos de Bell Laboratories).

Sello conmemorativo del Premio Nobel de Física de 1978, concedido a Penzias y Wilson “por el descubrimiento de la radiación del Fondo Cósmico de Microondas”. (colnect.com)

Por todo ello, Arno Penzias y Robert Wilson fueron galardonados con el Premio Nobel de Física en 1978, aún a pesar de que no fueron conscientes de lo que habían encontrado. Sin embargo, George Gamow sea, posiblemente, el caso más flagrante de científico que jamás recibió un Premio Nobel (en categoría científica), siendo más que merecido el galardón. No sólo hipotetizó la existencia del fondo cósmico de microondas, sino que también explicó la física cuántica de la radiactividad, propuso que eran las reacciones termonucleares las que hacían brillar las estrellas; incluso describió uno de los primeros intentos para desvelar el código genético al proponer que “secuencias cortas de bases específicas actuaban codificando para cada uno de los 20 aminoácidos”. Francis Crick  reconoció que aunque la idea de Gamow no era del todo correcta, su modelo le ayudó en la posterior resolución del problema.

George Gamow. (biografiasyvidas.com)

Que esto sirva como un particular homenaje a un científico al que yo admiro y que ha sido olvidado por la historia. Si alguien quiere leer un buen libro de divulgación de la física, le recomiendo El breviario de Mr. Tompkins de George Gamow. Y si alguien quiere profundizar sobre los aspectos más relevantes de su vida, aquí dejo un artículo muy interesante

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¿Quién elige el camino?

La vida es un camino que sólo recorremos una vez, un camino inexplorado. No sabes lo que te va a deparar. Tú tienes unos planes, pero la vida tiene otros planes. La vida es un camino de una única dirección y sentido: hacia adelante.

Hacía muchos años ya desde que  una joven Kiran, llena de vitalidad y de entusiasmo, le rondaba este pensamiento por la cabeza. Hoy, la juventud se había marchado pero la vitalidad y el entusiasmo se habían quedado con ella, más fervientes si cabe, y desde luego la misma reflexión estaba merodeando siempre por su mente. ¿Por qué estaba allí después de tantos años? No lo sabe, pero desde luego nunca entró  en sus planes y, a pesar de todo, reconocía que había sido un buen camino. No lo había elegido ella, la vida había elegido por ella, como casi siempre.

Era obvio que Kiran, a sus 67 años, no era precisamente una persona pasiva. Ella no eligió la ruta, pero siempre puso todos sus recursos al servicio de la empresa que tuviera ente manos. Algunos incluso la tachaban de mujer demasiado exigente, adicta al trabajo y casi sin corazón. La realidad es que Kiran siempre estuvo persiguiendo sus sueños.

New York event photographer Sofia Negron Chemical Heritage Foundation Heritage Day

Kiran Mazumdar-Shaw (wikipedia.org)

Al inicio de su juventud fantaseaba con ser médico. Por desgracia, en los años setenta la Universidad de Bangalore, la quinta ciudad más importante de India, aún no estaba preparada para que una mujer pudiera ejercer la Medicina. Así pues, se graduó en Zoología con tan sólo 20 años.

Quizás su mayor anhelo era heredar el trabajo de su padre, quien trabajaba en United Breweries. Kiran veía en su padre la profesión que ella deseaba. Kiran pretendía ser una maestra cervecera y para ello se cambió de país. Aconsejada por su propio padre, se marchó en 1975 a la Universidad de Ballarat, en Australia, para estudiar a fondo la producción de cerveza y malta. Un jarro de agua fría cayó sobre su pelo azabache cuando volvió a su India natal. La profesión de maestro cervecero era una labor reservada a los hombres, no importaba su formación, no importaba que hubiera sido la única mujer en su promoción, y mucho menos que hubiera sido, de lejos, la mejor de todos sus compañeros. El asunto estaba zanjado. Todo se tambaleó dentro de Kiran, sintió cimbrearse todo dentro de ella, pero los cimientos eran fuertes. Como si de un edificio anti-seismos se tratara, logró compensar el golpe con flexibilidad y resiliencia y se mantuvo en pie.

Pero su estancia en Australia cambió a Kiran para siempre, con la intención de acabar ejerciendo de maestra cervecera, se había introducido en el mundo de la biotecnología. No lo sabía aún, pero la biotecnología era lo que la vida le reservaba. Leslie Auchincloss era la fundadora de Biocon Biochemicals Limited, una empresa biotecnológica irlandesa, y se encontraba en India. Los planes de Leslie eran encontrar un empresario indio para abrir una filial en la India. La suerte de Leslie fue encontrarse con Kiran. Así, Kiran aceptó abrir una de las primeras empresas biotecnológicas. No obstante, entre las cláusulas de su contrato hizo constar que, si después de seis meses no quería continuar, se le aseguraría un puesto de maestra cervecera. La tenacidad de Kiran no era discutible.

Con no pocos problemas, prejuicios y dificultades, Kiran arrancó la empresa Biocon  con tan sólo 25 años. Durante los primeros eses se centró en la extracción de enzimas como la papaína, para ablandar la carne de consumo humano, o el isinglass, un extracto de vejiga natatoria de esturión que se utilizaba para clarificar la cerveza tras la fermentación ya que la levadura no sedimentaba bien y enturbiaba la cerveza. Después de un año, Biocon se convierte en la primera empresa india capaz de fabricar enzimas y exportarlas a Europa y Estados Unidos. Biocon también fue la primera empresa de India que recibe financiación estadounidense.

El espíritu intachable e infatigable de Kiran o se conformó con eso. Se introdujo en el mundo de los productos biotecnológicos. Hoy, Biocon es el principal proveedor de insulina de todo el continente asiático. Los objetivos prioritarios de Kiran son la diabetes y el cáncer, dos enfermedades con alta frecuencia en la India y en todo el globo. Ha logrado firmar convenios para comercializar plumas desechables de insulina en Japón y nuevos medicamentos para tratar algunos cánceres en Europa.

En 2014, Kiran Mazumdar-Shaw recibe la medalla de oro Othmer del Science History Institute por su destacada labor a la química y a la ciencia. En 2016, apareció en la posición 77 de las 100 mujeres más poderosas del mundo, según Forbes.

Cuando empezó, en 1978, Biocon eran dos personas, Kiran y un mecánico de taller, trabajando en un garaje. En la actualidad, Biocon es considerada la sexta mejor empleadora de biotecnología del mundo, con más de siete mil empleados. Lo que ha habido en el trayecto es el tesón, el trabajo y la determinación de una mujer fuerte, valiente y bien formada que pone sus recursos al servicio de la sociedad.

Definitivamente, la vida había elegido el camino, pero Kiran había elegido cómo caminar. Y ella siempre caminaba con unas zapatillas de esfuerzo, valentía y, sobre todo, corazón.

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“Creo en no rendirse nunca. El fracaso es transitorio, rendirse es permanente.” (Kiran Mazumdar-Shaw)(kiranshaw.blog)

Esta entrada forma parte de #Polivulgadores de Café Hypatia en su edición de febrero de 2020. En esta ocasión polivulgamos sobre los #PVMujerEnCiencia.

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Carla y la forma de la Tierra

Carla era la pequeña de tres hermanas. Nacida en el seno una familia de clase media, la pequeña Carla gozaba de esos pequeños lujos que tiene ser la benjamina de la casa. Había desarrollado una curiosidad implacable que, a sus 11 años, seguía sorprendiendo a sus padres y a sus profesores.

Carla no era una ladrona, pero emulando a su admirado Feynman,  tenía una habilidad casi innata para abrir cajas fuertes. No eran de plomo las cajas fuertes  que a Carla le gustaban. Eran aquellos enigmas para los que sus 11 años les cerraban las puertas y que aún así, ella se empeñaba en columbrar. Ávida de saber, y del buen saber, Carla no se amilanaba. Siempre estaba dispuesta a abrir las cajas que ocultaban aquellos misterios, ya fuera valiéndose de alguna de las horquillas que su madre le colocaba antes de ir a la escuela para mantener una cola de pelo perfectamente conformada, o con dinamita si hiciera falta.

Lo que Carla no podía soportar era la gente que mentía. Personas que vendían falsedad, y no precisamente aquellas cosas materiales, sino conocimiento deliberadamente erróneo. Fanática de la pulcritud, el rigor y la verdad, Carla repudiaba todo aquello.

Aquel fue un día invernal de verdad. No sólo había restos de escarcha en los bordillos de las aceras, también había hielo en su corazón. Carla llegó a casa a la salida del colegio totalmente descorazonada y triste. Su madre, pitonisa del pensamiento y los sentimientos como cualquier madre, corrió a saludarla, le dio gentilmente un beso en su frente y le preguntó qué tal le había ido la mañana al tiempo que le ofrecía un vaso de agua.

—¡No lo entiendo, mamá! Te juro que no lo entiendo…— ahogó un lamento y prosiguió  —Han venido esta mañana a darnos una charla sobre la forma de la Tierra.

—Ahhh… qué interesante, ¿no? —su madre quería saber más de aquello.

—Bueno… fue interesante hasta que sugirieron que tal vez la Tierra es plana. De verdad… ¿cómo puede pensar la gente así precisamente hoy día? Me niego a creer que son así de ingenuos. Seguro que lo hacen a propósito aunque no puedo entender porqué.

—Vaya, vaya…— reía su madre al ver el enojo evidente de su hija mientras se consolaba por dentro de descubrir que, en el fondo, no era tan grave —Parece que alguien se ha dado de frente con las pseudociencias, ¿eh? Por desgracia, en la era del conocimiento, hay gente que se empeña en fomentar el desconocimiento. Pero tú tranquila, que en el fondo, todos saben que la Tierra es redonda.

—¿Redonda? —Exclamó Carla como si hubiera saltado un resorte en su interior —Cuando dices redonda, ¿quieres decir esférica?

—Eso es… esférica —corrigió su madre recordando que a veces su hija podía ser bastante puntillosa y, por supuesto, esperando a que ahora viniera la pertinente corrección.

—Pues eso mismo creía yo, que la Tierra era como una pelota gigantesca, una esfera. Pero parece ser que no es del todo cierto, ¿sabes mamá?

—¿En serio?— escuchaba con atención a la pequeña Carla aunque ya presentía lo que venía —¿Ya te han enseñado en el cole que la Tierra está achatadada por los polos y ensanchada en el ecuador?

—Emmm…aún no… Pero he estado en el recreo leyendo un poco en internet sobre el tema… y eso que tú dices se llama “elipsoide” y no es por casualidad. Si tú metes un cuerpo esférico y viscoso y lo haces dar vueltas sobre su eje dentro de un líquido, esa pelota se vuelve achatada por los polos y más ensanchada en el ecuador… ¿y sabes lo mejor? Que eso ya lo demostró Newton. Lo he leído en la Wikipedia.

Su madre Carmen miraba de reojo a Carla mientras terminaba de preparar la comida antes de que llegaran sus hermanas mayores del instituto. Le seguía fascinando lo que era capaz de aprender por sí sola. Vino a su cabeza la acuarela de un manzano que Carla dibujó hacía 3 años. La acuarela adornaba su cuarto con un marco finito. Pocas personas sabían que aquella acuarela era un tributo a Newton, pero su madre era una de ellas.

—¡No me digas!…¿Newton? ¿El de la gravedad?

—El mismo— asintió triunfante la niña. —De hecho… ¿sabías que todo esto tiene que ver con la gravedad?

Su madre, que ya no prestaba atención a la cocina sino a su joven hija, ahora sí que estaba aprendiendo.

—Tú sabes que la gravedad (aceleración de la gravedad) en la superficie de la Tierra es de 9.8 m/s2, ¿verdad?

—Hasta ahí llego, listilla— bromeó Carmen.

—La realidad es que ese valor de la gravedad no es igual en todos los lugares de la superficie de la Tierra. No es lo mismo en la cima del Everest, que está a casi 9000 metros sobre el nivel del mar, que en el fondo de la fosa de las Marianas, que está a unos 11000 metros bajo el nivel del mar. — Carla paró un segundo y miró hacia arriba, signo de que estaba realizando un rápido cálculo mental. —Entre un punto y otro de la superficie de la Tierra hay unos 20 km de diferencia de altura.

—Aquí es donde viene Newton— anunció Carla. Si la gravedad es inversa al cuadrado de la distancia, en el fondo de las Marianas estaremos más cerca del núcleo de la Tierra y la gravedad será mayor, mientras que en el pico del Everest estaremos 20 km más lejos del núcleo y la gravedad será menor. Osea que ese valor de 9.8 m/s2 en realidad es un valor promedio, pero en cada punto de la Tierra la gravedad es ligeramente diferente.

—¿Y eso qué tiene que ver con la forma de la Tierra? — preguntó Carmen intrigada por lo que le contaba Carla.

—Ahora imagina que cogemos cada punto de la Tierra donde la gravedad mide exactamente 9.8 m/s2 y unimos todos esos puntos. Eso nos daría una forma geométrica, ¿no? Esa forma no es ni una esfera ni un elipsoide, sino un geoide. La auténtica forma de la Tierra. — Al tiempo que terminaba de hablar, le enseñaba a su madre una foto en su móvil de un forma geométrica irregular, con bultos y depresiones, una superficie irregular donde todos los puntos tenían exactamente la misma gravedad. Aquello desde luego no era plano. Tampoco se podría decir que fuera una esfera. Era una forma muy especial, tan especial como el planeta en el que vivían.

—¿Qué te ha parecido, mamá? — preguntó Carla esperando la aprobación de su madre.

—Pues creo que tengo dos cosas que decir. La primera es que Newton era un tipo muy listo.— vio como asomaba una sonrisa triunfal por la cara de su hija. —Y la segunda es que si a más altura hay menos gravedad, si nos vamos a vivir a un décimo piso, pesaremos un poquito menos, ¿no? Creo que acabamos de encontrar la dieta perfecta, Carla.

Las dos estallaron en una carcajada mientras la cocina se inundaba del cálido aroma del estofado de ternera que Carmen acababa y que acabó por derretir el hielo del corazón de Carla. Fue corriendo a su cuarto y le lanzó un guiño a aquella acuarela que colgaba de la pared como si guiñara al mismísimo Newton. Después de todo, aquel día invernal acabaría siendo un gran día.

Geoide

El geoide es un cuerpo definido por la superficie equipotencial del campo de gravedad terrestre y sigue siendo un modelo bastante fiable de la forma del planeta Tierra (wikipedia.org)

Esta entrada forma parte de #Polivulgadores de Café Hypatia en su edición de enero de 2020. En esta ocasión polivulgamos sobre los #PVtierra.

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